Abierto el registro al Programa «SPC 16» hasta el 18 de Abril.

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¿Estamos bien? ¿Hice algo mal?

¿Estamos bien? ¿Hice algo mal?

¿Estamos bien? ¿Hice algo mal?

¿Estamos bien? ¿Hice algo mal?

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Edición #11

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15 feb 2024

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Edición #11

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15 feb 2024

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Edición #11

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15 feb 2024

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Edición #11

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15 feb 2024

Por años culpé a mi papá de mucho de mi dolor y rabia.

Hasta por rasgos de mi carácter y personalidad.

También culpé a mi mamá por haberme dado el papá que me dio.

Los culpé a ambos por las dinámicas en mi familia que hicieron que mis hermanas y yo peleáramos con frecuencia.

Era fácil encontrar culpables.

Me dieron muchas opciones.

-

Hoy día, ya mamá de un joven adulto de 20 años, y con mucha agua corrida bajo el puente, me relaciono con la culpa desde otro lugar.

La ajena y la propia.

Busco más a fondo.

Voy a las raíces.

A la responsabilidad y la influencia.

-

Influencia sí hay

No se puede ignorar ni negar que los padres tenemos influencia sobre nuestros hijos.

Y que la manera en que atendemos o ignoramos situaciones tienen efectos.

Mientras lees hoy, explora si te ves a ti, a tus hijos o pareja en el comportamiento del que hoy te hablo.

Es más fácil notarlo en los adultos porque las secuelas han tenido más tiempo de mostrarse.

Y, en los niños y jóvenes, con frecuencia se confunde el comportamiento puntual del que te hablo hoy con la madurez/inmadurez propia de la edad.

-

¿Estamos bien?

¿Estás seguro?

¿Hice algo mal?

¿Qué te pasa?

Te veo rara.

¿No estamos peleados, verdad?

👆🏼👆🏼👆🏼👆🏼

Con preguntas como estas, incluso como adultos, podemos responder de forma hiper-alerta ante el más mínimo detalle que interpretemos como desconexión o distancia, si cuando éramos niños nos encontrábamos en ambientes emocionalmente inestables.

O si vivimos experiencias de separación de nuestros padres, cuidadores o relaciones significativas, que nos causaron ansiedad, dolor o trauma.

Monitorear las emociones de otros es una herramienta de protección que se aprende durante la infancia para validar si estamos seguros o en peligro.

Desde mi experiencia personal, con un padre impredecible, doy fe de todo lo que aquí comparto.

-

Pistas

Cuando nuestro sistema nervioso y emocional se acostumbró en la infancia a anticiparse al “peligro” de los cambios de humor y ambiente, puede volverse hiper-alerta ante cualquier signo de desconexión.

Si en nuestras relaciones adultas vivimos angustiados por comprobar que los demás no se molesten con nosotros, o necesitamos obsesivamente asegurarnos con frecuencia de que la relación “está bien”, es probable que exista en nuestro subconsciente alguna experiencia de desconexión o inseguridad emocional que vivimos como traumática.

Destaco las palabras angustiados y obsesivamente porque son las emociones “pico”, exageradas, aumentadas, las que pueden darnos pistas a indagar.

Otras pistas pueden ser:

  • Comprobar constantemente que no estén molestos con nosotros…

  • Preguntar reiteradamente si hay algo que podamos hacer para que se sientan mejor…

  • Notar los cambios más sutiles en el comportamiento de los demás..

  • Dudar cuando nos afirman que están bien…

  • Quedarnos incómodos con ideas de que hicimos “algo mal” que no nos quieren decir…

  • Sentirnos responsables y con la necesidad de hacer algo para que el otro se sienta bien…

Con ese tipo de comportamiento buscamos mantener la conexión con quienes nos ofrecen bienestar en forma de amor, protección, nutrición, seguridad, recursos, etc.

En algunos casos, como fue el mío, uno de mis “roles” en la familia era el de buscar conciliación y restaurar la energía.

Hasta que alguien o algo me confirmara que “estaba todo bien”.

En ocasiones era pidiendo perdón —aunque no supiera ni por qué porque yo no había hecho algo que lo ameritara. Otras veces era haciendo algo gracioso o teniendo gestos de amor.

-

Sana, sana, colita de rana

No, este tipo de experiencias no sanan con encantamientos mágicos.

  • Necesitamos ver y admitir el mecanismo que está activo, sea en nosotros o en nuestros hijos, para lo cual necesitamos reconocer que “algo está sucediendo”.

  • La atención, empatía, compasión y comprensión por sobre los juicios y críticas hacia quien se comporta hiper-vigiltante es otra capa que requiere mucha dedicación.

  • Reforzar la seguridad de que no abandonaremos ni seremos abandonados puede verse en la forma de conversaciones profundas, así como en micro-dosis, a través de frases frecuentes que refuercen el vínculo amoroso y gestos físicos de conexión.

  • Sostener prácticas de regulación de nuestro sistema nervioso, en lo biológico y emocional, para volver al adulto que somos en el reconocimiento de que podemos darnos la seguridad que necesitamos.

  • Indagar en las profundidades de nuestra psique, corazón e historia, para ir cultivando mayor conexión con nosotros mismos.

  • Explorar y hacer trabajo de sanación de represión emocional (​del que escribí en mi otra newsletter, EvelynEyes, la semana pasada​).

-

¿Para qué te sirve conocer de este tema?

Conocer algo de lo que hay bajo la superficie, puede ayudarnos a:

  • Resignificar algunos comportamientos, dejando de minimizarlos, dándoles el lugar que necesitan e iniciando un camino de investigación, conexión y sanación.

  • Comprender un poco mejor de dónde salen algunas dinámicas relacionales —tanto las nuestras como las de nuestros hijos.

  • Ser mas empáticos y gentiles con nosotros mismos y con otros.

  • Anticiparnos ante disparadores que activen nuestros puntos de dolor, dándonos así el chance de hacer el trabajo interno de sanación emocional al que apuntan.

  • Ser más curiosos ante las respuestas de nuestros hijos, pareja o padres.

  • Ganar un poco de distancia de nuestros patrones automáticos para verlos y vernos mejor.

-

Si confirmamos que nuestros hijos están operando de esta forma, es necesario indagar en las causas raíz y la responsabilidad que tenemos en ello.

Igual que atenderíamos una enfermedad biológica en nuestros hijos, ocuparnos de educarnos y desarrollar una mirada más consciente para atender su bienestar emocional y salud mental es igualmente indispensable.

«​Divenire​» es un espacio de comunidad que puedes usar para acompañar tu proceso —como hijo, hija y/o mamá o papá— y ver más de lo que has estado viendo hasta ahora. Abre puertas para quienes deseen sumarse los primeros cinco días de cada mes.

También puedes anotarte en esta lista para cuando abra la décimo sexta edición de «Ser[Padres]Conscientes».

-

Con amor y desde el amor,

Evelyn

Por años culpé a mi papá de mucho de mi dolor y rabia.

Hasta por rasgos de mi carácter y personalidad.

También culpé a mi mamá por haberme dado el papá que me dio.

Los culpé a ambos por las dinámicas en mi familia que hicieron que mis hermanas y yo peleáramos con frecuencia.

Era fácil encontrar culpables.

Me dieron muchas opciones.

-

Hoy día, ya mamá de un joven adulto de 20 años, y con mucha agua corrida bajo el puente, me relaciono con la culpa desde otro lugar.

La ajena y la propia.

Busco más a fondo.

Voy a las raíces.

A la responsabilidad y la influencia.

-

Influencia sí hay

No se puede ignorar ni negar que los padres tenemos influencia sobre nuestros hijos.

Y que la manera en que atendemos o ignoramos situaciones tienen efectos.

Mientras lees hoy, explora si te ves a ti, a tus hijos o pareja en el comportamiento del que hoy te hablo.

Es más fácil notarlo en los adultos porque las secuelas han tenido más tiempo de mostrarse.

Y, en los niños y jóvenes, con frecuencia se confunde el comportamiento puntual del que te hablo hoy con la madurez/inmadurez propia de la edad.

-

¿Estamos bien?

¿Estás seguro?

¿Hice algo mal?

¿Qué te pasa?

Te veo rara.

¿No estamos peleados, verdad?

👆🏼👆🏼👆🏼👆🏼

Con preguntas como estas, incluso como adultos, podemos responder de forma hiper-alerta ante el más mínimo detalle que interpretemos como desconexión o distancia, si cuando éramos niños nos encontrábamos en ambientes emocionalmente inestables.

O si vivimos experiencias de separación de nuestros padres, cuidadores o relaciones significativas, que nos causaron ansiedad, dolor o trauma.

Monitorear las emociones de otros es una herramienta de protección que se aprende durante la infancia para validar si estamos seguros o en peligro.

Desde mi experiencia personal, con un padre impredecible, doy fe de todo lo que aquí comparto.

-

Pistas

Cuando nuestro sistema nervioso y emocional se acostumbró en la infancia a anticiparse al “peligro” de los cambios de humor y ambiente, puede volverse hiper-alerta ante cualquier signo de desconexión.

Si en nuestras relaciones adultas vivimos angustiados por comprobar que los demás no se molesten con nosotros, o necesitamos obsesivamente asegurarnos con frecuencia de que la relación “está bien”, es probable que exista en nuestro subconsciente alguna experiencia de desconexión o inseguridad emocional que vivimos como traumática.

Destaco las palabras angustiados y obsesivamente porque son las emociones “pico”, exageradas, aumentadas, las que pueden darnos pistas a indagar.

Otras pistas pueden ser:

  • Comprobar constantemente que no estén molestos con nosotros…

  • Preguntar reiteradamente si hay algo que podamos hacer para que se sientan mejor…

  • Notar los cambios más sutiles en el comportamiento de los demás..

  • Dudar cuando nos afirman que están bien…

  • Quedarnos incómodos con ideas de que hicimos “algo mal” que no nos quieren decir…

  • Sentirnos responsables y con la necesidad de hacer algo para que el otro se sienta bien…

Con ese tipo de comportamiento buscamos mantener la conexión con quienes nos ofrecen bienestar en forma de amor, protección, nutrición, seguridad, recursos, etc.

En algunos casos, como fue el mío, uno de mis “roles” en la familia era el de buscar conciliación y restaurar la energía.

Hasta que alguien o algo me confirmara que “estaba todo bien”.

En ocasiones era pidiendo perdón —aunque no supiera ni por qué porque yo no había hecho algo que lo ameritara. Otras veces era haciendo algo gracioso o teniendo gestos de amor.

-

Sana, sana, colita de rana

No, este tipo de experiencias no sanan con encantamientos mágicos.

  • Necesitamos ver y admitir el mecanismo que está activo, sea en nosotros o en nuestros hijos, para lo cual necesitamos reconocer que “algo está sucediendo”.

  • La atención, empatía, compasión y comprensión por sobre los juicios y críticas hacia quien se comporta hiper-vigiltante es otra capa que requiere mucha dedicación.

  • Reforzar la seguridad de que no abandonaremos ni seremos abandonados puede verse en la forma de conversaciones profundas, así como en micro-dosis, a través de frases frecuentes que refuercen el vínculo amoroso y gestos físicos de conexión.

  • Sostener prácticas de regulación de nuestro sistema nervioso, en lo biológico y emocional, para volver al adulto que somos en el reconocimiento de que podemos darnos la seguridad que necesitamos.

  • Indagar en las profundidades de nuestra psique, corazón e historia, para ir cultivando mayor conexión con nosotros mismos.

  • Explorar y hacer trabajo de sanación de represión emocional (​del que escribí en mi otra newsletter, EvelynEyes, la semana pasada​).

-

¿Para qué te sirve conocer de este tema?

Conocer algo de lo que hay bajo la superficie, puede ayudarnos a:

  • Resignificar algunos comportamientos, dejando de minimizarlos, dándoles el lugar que necesitan e iniciando un camino de investigación, conexión y sanación.

  • Comprender un poco mejor de dónde salen algunas dinámicas relacionales —tanto las nuestras como las de nuestros hijos.

  • Ser mas empáticos y gentiles con nosotros mismos y con otros.

  • Anticiparnos ante disparadores que activen nuestros puntos de dolor, dándonos así el chance de hacer el trabajo interno de sanación emocional al que apuntan.

  • Ser más curiosos ante las respuestas de nuestros hijos, pareja o padres.

  • Ganar un poco de distancia de nuestros patrones automáticos para verlos y vernos mejor.

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Si confirmamos que nuestros hijos están operando de esta forma, es necesario indagar en las causas raíz y la responsabilidad que tenemos en ello.

Igual que atenderíamos una enfermedad biológica en nuestros hijos, ocuparnos de educarnos y desarrollar una mirada más consciente para atender su bienestar emocional y salud mental es igualmente indispensable.

«​Divenire​» es un espacio de comunidad que puedes usar para acompañar tu proceso —como hijo, hija y/o mamá o papá— y ver más de lo que has estado viendo hasta ahora. Abre puertas para quienes deseen sumarse los primeros cinco días de cada mes.

También puedes anotarte en esta lista para cuando abra la décimo sexta edición de «Ser[Padres]Conscientes».

-

Con amor y desde el amor,

Evelyn

Por años culpé a mi papá de mucho de mi dolor y rabia.

Hasta por rasgos de mi carácter y personalidad.

También culpé a mi mamá por haberme dado el papá que me dio.

Los culpé a ambos por las dinámicas en mi familia que hicieron que mis hermanas y yo peleáramos con frecuencia.

Era fácil encontrar culpables.

Me dieron muchas opciones.

-

Hoy día, ya mamá de un joven adulto de 20 años, y con mucha agua corrida bajo el puente, me relaciono con la culpa desde otro lugar.

La ajena y la propia.

Busco más a fondo.

Voy a las raíces.

A la responsabilidad y la influencia.

-

Influencia sí hay

No se puede ignorar ni negar que los padres tenemos influencia sobre nuestros hijos.

Y que la manera en que atendemos o ignoramos situaciones tienen efectos.

Mientras lees hoy, explora si te ves a ti, a tus hijos o pareja en el comportamiento del que hoy te hablo.

Es más fácil notarlo en los adultos porque las secuelas han tenido más tiempo de mostrarse.

Y, en los niños y jóvenes, con frecuencia se confunde el comportamiento puntual del que te hablo hoy con la madurez/inmadurez propia de la edad.

-

¿Estamos bien?

¿Estás seguro?

¿Hice algo mal?

¿Qué te pasa?

Te veo rara.

¿No estamos peleados, verdad?

👆🏼👆🏼👆🏼👆🏼

Con preguntas como estas, incluso como adultos, podemos responder de forma hiper-alerta ante el más mínimo detalle que interpretemos como desconexión o distancia, si cuando éramos niños nos encontrábamos en ambientes emocionalmente inestables.

O si vivimos experiencias de separación de nuestros padres, cuidadores o relaciones significativas, que nos causaron ansiedad, dolor o trauma.

Monitorear las emociones de otros es una herramienta de protección que se aprende durante la infancia para validar si estamos seguros o en peligro.

Desde mi experiencia personal, con un padre impredecible, doy fe de todo lo que aquí comparto.

-

Pistas

Cuando nuestro sistema nervioso y emocional se acostumbró en la infancia a anticiparse al “peligro” de los cambios de humor y ambiente, puede volverse hiper-alerta ante cualquier signo de desconexión.

Si en nuestras relaciones adultas vivimos angustiados por comprobar que los demás no se molesten con nosotros, o necesitamos obsesivamente asegurarnos con frecuencia de que la relación “está bien”, es probable que exista en nuestro subconsciente alguna experiencia de desconexión o inseguridad emocional que vivimos como traumática.

Destaco las palabras angustiados y obsesivamente porque son las emociones “pico”, exageradas, aumentadas, las que pueden darnos pistas a indagar.

Otras pistas pueden ser:

  • Comprobar constantemente que no estén molestos con nosotros…

  • Preguntar reiteradamente si hay algo que podamos hacer para que se sientan mejor…

  • Notar los cambios más sutiles en el comportamiento de los demás..

  • Dudar cuando nos afirman que están bien…

  • Quedarnos incómodos con ideas de que hicimos “algo mal” que no nos quieren decir…

  • Sentirnos responsables y con la necesidad de hacer algo para que el otro se sienta bien…

Con ese tipo de comportamiento buscamos mantener la conexión con quienes nos ofrecen bienestar en forma de amor, protección, nutrición, seguridad, recursos, etc.

En algunos casos, como fue el mío, uno de mis “roles” en la familia era el de buscar conciliación y restaurar la energía.

Hasta que alguien o algo me confirmara que “estaba todo bien”.

En ocasiones era pidiendo perdón —aunque no supiera ni por qué porque yo no había hecho algo que lo ameritara. Otras veces era haciendo algo gracioso o teniendo gestos de amor.

-

Sana, sana, colita de rana

No, este tipo de experiencias no sanan con encantamientos mágicos.

  • Necesitamos ver y admitir el mecanismo que está activo, sea en nosotros o en nuestros hijos, para lo cual necesitamos reconocer que “algo está sucediendo”.

  • La atención, empatía, compasión y comprensión por sobre los juicios y críticas hacia quien se comporta hiper-vigiltante es otra capa que requiere mucha dedicación.

  • Reforzar la seguridad de que no abandonaremos ni seremos abandonados puede verse en la forma de conversaciones profundas, así como en micro-dosis, a través de frases frecuentes que refuercen el vínculo amoroso y gestos físicos de conexión.

  • Sostener prácticas de regulación de nuestro sistema nervioso, en lo biológico y emocional, para volver al adulto que somos en el reconocimiento de que podemos darnos la seguridad que necesitamos.

  • Indagar en las profundidades de nuestra psique, corazón e historia, para ir cultivando mayor conexión con nosotros mismos.

  • Explorar y hacer trabajo de sanación de represión emocional (​del que escribí en mi otra newsletter, EvelynEyes, la semana pasada​).

-

¿Para qué te sirve conocer de este tema?

Conocer algo de lo que hay bajo la superficie, puede ayudarnos a:

  • Resignificar algunos comportamientos, dejando de minimizarlos, dándoles el lugar que necesitan e iniciando un camino de investigación, conexión y sanación.

  • Comprender un poco mejor de dónde salen algunas dinámicas relacionales —tanto las nuestras como las de nuestros hijos.

  • Ser mas empáticos y gentiles con nosotros mismos y con otros.

  • Anticiparnos ante disparadores que activen nuestros puntos de dolor, dándonos así el chance de hacer el trabajo interno de sanación emocional al que apuntan.

  • Ser más curiosos ante las respuestas de nuestros hijos, pareja o padres.

  • Ganar un poco de distancia de nuestros patrones automáticos para verlos y vernos mejor.

-

Si confirmamos que nuestros hijos están operando de esta forma, es necesario indagar en las causas raíz y la responsabilidad que tenemos en ello.

Igual que atenderíamos una enfermedad biológica en nuestros hijos, ocuparnos de educarnos y desarrollar una mirada más consciente para atender su bienestar emocional y salud mental es igualmente indispensable.

«​Divenire​» es un espacio de comunidad que puedes usar para acompañar tu proceso —como hijo, hija y/o mamá o papá— y ver más de lo que has estado viendo hasta ahora. Abre puertas para quienes deseen sumarse los primeros cinco días de cada mes.

También puedes anotarte en esta lista para cuando abra la décimo sexta edición de «Ser[Padres]Conscientes».

-

Con amor y desde el amor,

Evelyn

Por años culpé a mi papá de mucho de mi dolor y rabia.

Hasta por rasgos de mi carácter y personalidad.

También culpé a mi mamá por haberme dado el papá que me dio.

Los culpé a ambos por las dinámicas en mi familia que hicieron que mis hermanas y yo peleáramos con frecuencia.

Era fácil encontrar culpables.

Me dieron muchas opciones.

-

Hoy día, ya mamá de un joven adulto de 20 años, y con mucha agua corrida bajo el puente, me relaciono con la culpa desde otro lugar.

La ajena y la propia.

Busco más a fondo.

Voy a las raíces.

A la responsabilidad y la influencia.

-

Influencia sí hay

No se puede ignorar ni negar que los padres tenemos influencia sobre nuestros hijos.

Y que la manera en que atendemos o ignoramos situaciones tienen efectos.

Mientras lees hoy, explora si te ves a ti, a tus hijos o pareja en el comportamiento del que hoy te hablo.

Es más fácil notarlo en los adultos porque las secuelas han tenido más tiempo de mostrarse.

Y, en los niños y jóvenes, con frecuencia se confunde el comportamiento puntual del que te hablo hoy con la madurez/inmadurez propia de la edad.

-

¿Estamos bien?

¿Estás seguro?

¿Hice algo mal?

¿Qué te pasa?

Te veo rara.

¿No estamos peleados, verdad?

👆🏼👆🏼👆🏼👆🏼

Con preguntas como estas, incluso como adultos, podemos responder de forma hiper-alerta ante el más mínimo detalle que interpretemos como desconexión o distancia, si cuando éramos niños nos encontrábamos en ambientes emocionalmente inestables.

O si vivimos experiencias de separación de nuestros padres, cuidadores o relaciones significativas, que nos causaron ansiedad, dolor o trauma.

Monitorear las emociones de otros es una herramienta de protección que se aprende durante la infancia para validar si estamos seguros o en peligro.

Desde mi experiencia personal, con un padre impredecible, doy fe de todo lo que aquí comparto.

-

Pistas

Cuando nuestro sistema nervioso y emocional se acostumbró en la infancia a anticiparse al “peligro” de los cambios de humor y ambiente, puede volverse hiper-alerta ante cualquier signo de desconexión.

Si en nuestras relaciones adultas vivimos angustiados por comprobar que los demás no se molesten con nosotros, o necesitamos obsesivamente asegurarnos con frecuencia de que la relación “está bien”, es probable que exista en nuestro subconsciente alguna experiencia de desconexión o inseguridad emocional que vivimos como traumática.

Destaco las palabras angustiados y obsesivamente porque son las emociones “pico”, exageradas, aumentadas, las que pueden darnos pistas a indagar.

Otras pistas pueden ser:

  • Comprobar constantemente que no estén molestos con nosotros…

  • Preguntar reiteradamente si hay algo que podamos hacer para que se sientan mejor…

  • Notar los cambios más sutiles en el comportamiento de los demás..

  • Dudar cuando nos afirman que están bien…

  • Quedarnos incómodos con ideas de que hicimos “algo mal” que no nos quieren decir…

  • Sentirnos responsables y con la necesidad de hacer algo para que el otro se sienta bien…

Con ese tipo de comportamiento buscamos mantener la conexión con quienes nos ofrecen bienestar en forma de amor, protección, nutrición, seguridad, recursos, etc.

En algunos casos, como fue el mío, uno de mis “roles” en la familia era el de buscar conciliación y restaurar la energía.

Hasta que alguien o algo me confirmara que “estaba todo bien”.

En ocasiones era pidiendo perdón —aunque no supiera ni por qué porque yo no había hecho algo que lo ameritara. Otras veces era haciendo algo gracioso o teniendo gestos de amor.

-

Sana, sana, colita de rana

No, este tipo de experiencias no sanan con encantamientos mágicos.

  • Necesitamos ver y admitir el mecanismo que está activo, sea en nosotros o en nuestros hijos, para lo cual necesitamos reconocer que “algo está sucediendo”.

  • La atención, empatía, compasión y comprensión por sobre los juicios y críticas hacia quien se comporta hiper-vigiltante es otra capa que requiere mucha dedicación.

  • Reforzar la seguridad de que no abandonaremos ni seremos abandonados puede verse en la forma de conversaciones profundas, así como en micro-dosis, a través de frases frecuentes que refuercen el vínculo amoroso y gestos físicos de conexión.

  • Sostener prácticas de regulación de nuestro sistema nervioso, en lo biológico y emocional, para volver al adulto que somos en el reconocimiento de que podemos darnos la seguridad que necesitamos.

  • Indagar en las profundidades de nuestra psique, corazón e historia, para ir cultivando mayor conexión con nosotros mismos.

  • Explorar y hacer trabajo de sanación de represión emocional (​del que escribí en mi otra newsletter, EvelynEyes, la semana pasada​).

-

¿Para qué te sirve conocer de este tema?

Conocer algo de lo que hay bajo la superficie, puede ayudarnos a:

  • Resignificar algunos comportamientos, dejando de minimizarlos, dándoles el lugar que necesitan e iniciando un camino de investigación, conexión y sanación.

  • Comprender un poco mejor de dónde salen algunas dinámicas relacionales —tanto las nuestras como las de nuestros hijos.

  • Ser mas empáticos y gentiles con nosotros mismos y con otros.

  • Anticiparnos ante disparadores que activen nuestros puntos de dolor, dándonos así el chance de hacer el trabajo interno de sanación emocional al que apuntan.

  • Ser más curiosos ante las respuestas de nuestros hijos, pareja o padres.

  • Ganar un poco de distancia de nuestros patrones automáticos para verlos y vernos mejor.

-

Si confirmamos que nuestros hijos están operando de esta forma, es necesario indagar en las causas raíz y la responsabilidad que tenemos en ello.

Igual que atenderíamos una enfermedad biológica en nuestros hijos, ocuparnos de educarnos y desarrollar una mirada más consciente para atender su bienestar emocional y salud mental es igualmente indispensable.

«​Divenire​» es un espacio de comunidad que puedes usar para acompañar tu proceso —como hijo, hija y/o mamá o papá— y ver más de lo que has estado viendo hasta ahora. Abre puertas para quienes deseen sumarse los primeros cinco días de cada mes.

También puedes anotarte en esta lista para cuando abra la décimo sexta edición de «Ser[Padres]Conscientes».

-

Con amor y desde el amor,

Evelyn

Cada otro jueves, nuevas reflexiones sobre hijez y parentalidad consciente para seguir conectando a tu sabiduría.

Cada otro jueves, nuevas reflexiones sobre hijez y parentalidad consciente para seguir conectando a tu sabiduría.

Cada otro jueves, nuevas reflexiones sobre hijez y parentalidad consciente para seguir conectando a tu sabiduría.

Cada otro jueves, nuevas reflexiones sobre hijez y parentalidad consciente para seguir conectando a tu sabiduría.