Magic eyesPara algunas personas este artículo podrá ser algo cursi, dulzón o sentimentaloide.

Para otros puede ser obvio… o poco práctico.

Pero para algunos… representará un oasis en el que se reconocerán, y cerrarán los ojos para recordar el suyo propio.

Y es que estas palabras tratan del AMOR.

Sí, todos los padres conocemos ese sentimiento llevado a su máxima expresión.

Conocemos el amor más sublime de la vida. Ese que hace que dar la vida por otro ser humano sea algo que ni se piensa, llegado el momento.

Pero…

¿Cuándo fue la última vez que conectaste con ese sentimiento?

Ya va, ya va. Más allá de saber que amas a tus hijos… ¿cuándo te dejaste… te sumergiste… te abandonaste al sentimiento puro de ser tocado por esa onda indescriptible que te conmueve hasta el punto en que desaparece TODO a tu alrededor y sólo quedan tus hijos y tú… envueltos en la profunda certeza de saber nos ese amor.

Para mí, fue el Lunes pasado.

Era la hora de dormir. Mi hijo y yo tuvimos una boba discusión y ambos pasamos la raya que muy pocas veces cruzamos. Nada grave realmente. Pero poco usual entre nosotros. Me retiré para bajarme del “tren de la rabia” como le llamo a ese sentimiento de molestia que sentimos que no resuena con nuestra Verdad, pero que parece superarnos en el momento. Él se fue a acostar.

Nuestra filosofía es nunca despedirnos en tensión. Así que subí las escaleras, entré a su habitación y cerré la puerta. Sólo tenía prendida la lamparita de leer en su mesa de noche. Corrían lágrimas por sus mejillas. Me senté al borde de su cama y nos miramos.

En ese momento me invadió. Y creo que a él también.

Porque no sólo nos miramos… nos vimos.

En silencio. Directo a los ojos.

Fue como re-descubrirnos. Como re-crearnos el uno ante el otro. Fue mágico.

Nuestras almas conectaron por unos segundos, en esa forma única e inigualable que el cotidiano se roba entre comidas, tareas, lavadas de dientes, vestirnos, ir, venir, incluso risas, abrazos, canciones, cariños y palabras… muchas palabras… demasiadas palabras.

Sus ojos me decían tanto. Recordé en segundos toda su vida. Y la mía. Yo también lloraba. Pero de emoción. Mis lágrimas se deslizaban lentas. Y es que no quería que ese momento mágico terminara.

Me daba cuenta que estaba viendo el alma de mi hijo y la mía, reflejadas en sus ojos.

He tenido experiencias inusuales y no me sorprendo fácilmente ante lo inexplicable. No me asusta ver lo invisible, así que no era un asunto de sentir que estaba sucediendo algo “extraño”.

Era un disfrute pleno, absoluto. Un éxtasis de amor incomparable.

No tengo idea de cuánto duró el intercambio. Pareció eterno. Y tan corto al mismo tiempo.

Y cuando “volvimos de ese lugar de cuentos de hadas, tuvimos la más deliciosa conversación que hemos tenido. El me explicaba qué le sucedió, lo que sintió y pensó durante la discusión.

Me decía que cuando estaba molesto, no podía tener la clase de paciencia que él sabía que el momento necesitaba… Yo, me maravillaba de ver esa parte de él que, en cierta forma, me resultaba nueva. Era como si en unos pocos minutos hubiera crecido y hubiéramos entrado en una dimensión desconocida.

Me contó cómo me veía como Mamá, y me dió su opinión sobre lo ocurrido. Me dijo que “todas las mamás se pueden molestar” y que “hasta yo, que tenía más paciencia que cualquier otra mamá que él conocía, podía perderla.”

Mi hijo me estaba dando permiso para perder la paciencia

Yo le conté cómo me sentía. Intercambiamos. Nos escuchábamos.

La escena tenía hasta música. Era como si me estuviera viendo desde la puerta… a mi, conversar con mi hijo. Envueltos en una suerte de nube que nos llevaba a un mundo privado.

Después, apagamos la pequeña luz. El tomó mi mano, se la llevó al pecho y me pidió que me quedara hasta que se durmiera.

Allí estuvimos en silencio unos minutos.

La magia permanecía en el ambiente.

En ese momento, mientras su mano apretaba la mía… conecté con que yo era TODO para mi hijo. Mi mano le daba la protección, el bienestar y el amor que su niñez le pedía.

Y él estaba siendo TODO para mi en ese instante. Su mano en la mía, me daba la paz, la aprobación y la certeza que mi maternidad buscaba.

Conecté con la claridad de reconocer que los padres somos el universo de los niños. Somos su seguridad. Su soporte. Somos el cielo que les cubre. El aire que les envuelve.

Un niño es capaz de amar hasta al padre o madre más cruel. Necesitan sentirse amados y son capaces de pagar cualquier precio.

¡Dios! ¡Qué privilegio nos ha dado la vida de ser los canales para que esas almas vivan la experiencia humana!

Cuántas veces entre las responsabilidades cotidianas que vivimos, mucho desde la perspectiva de “darle lo mejor a nuestros hijos”… terminamos sin darle lo mejor de… nosotros.

Mi mente entiende que es poco probable que todos los días tenga la claridad que surgió en mí ese día.

Pero mi corazón confía en que eso que sucedió, esa claridad, esa conexión sublime… vive en él y vive en mí.

Desde lo más profundo de mi Ser, te invito a abrirte a conectar con la clase de AMOR que he compartido aquí.

Y que tus hijos y tú… se VEAN.

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P.D. Mientras releía lo escrito, escuchaba esta canción de un grupo que me conmueve hasta el tuétano: The Piano Guys.

Te invito a leer el artículo escuchándola. Aquí te dejo el enlace de “A thousand years”.