photodune-5461971-love-xsCuando de niña escuchaba a alguien decir “¡Ay! pero qué niña tan buena has sido hoy”… me entraba una mezcla de rabia, duda e impotencia.

Ya va… “¿Cómo que “hoy”… y los demás días qué? Si no soy “buena” los demás días… qué soy entonces: ¿Mala?”

Y por ahí creaba yo todo un mundo de preguntas sin respuestas.

Pero bueno, ni modo. No podía arriesgarme a dejar de recibir los elogios por mi “buen comportamiento”, porque en mi mente no recibirlos representaba: dejar de ser amada.

Ser amados, es algo que los seres humanos hemos aprendido a necesitar.

Sí: aprendido.

Y me disculpan si rompo la magia romántica del amor como sentimiento natural y todo eso…

No digo que no amemos… que no nos guste ser amados… o que el amor en sí mismo no sea una experiencia natural. Lo que digo es que nos condicionamos a necesitar ser amados.

Eso, no es algo que venga de fábrica con nosotros.

¿Cómo fue que sucedió?

Bien, porque aprendimos en los primeros minutos de nuestra existencia a asociar amor con supervivencia: Teta con supervivencia. Calor con supervivencia. Presencia con supervivencia.

Si no nos daban alimento, calor y alguien estaba allí para atendernos, instintivamente sabíamos que moriríamos.

Porque eso sí que tenemos los seres humanos: el instinto de supervivencia desarrollado.

Luego, a medida que crecimos, esta asociación se fue reforzando porque a cada sonrisa, cada alegría por nuestros hermosos garabatos, cada celebración de nuestro buen comportamiento, cada mirada aprobatoria ante el beso a la abuelita, cada regalo… básicamente cada momento en que no éramos regañados o cuestionados, le asignamos el significado de… ser amados.

Y como ya teníamos cableado internamente que amor = supervivencia, pues se fue escribiendo una historia de permanente búsqueda de aprobación externa como símbolo de amor, para sentir que seguiríamos vivos.

El hecho es que así nos convertimos en adultos, ciegos de esta asociación y hambrientos de amor.

(…lo digo por experiencia propia, y de muchísimos de mis clientes de #CoachingVibracional y los participantes de nuestros Programas en elPoderDeSer.com).

Y con ese virus incubado, nos fuimos convirtiendo en maquinitas buscadoras de amor a toda costa. Nos convertimos en grandes niños buenos que dependen de ese amor condicional.

Cada quien lo busca a su manera: la esposa abnegada, la amiga a todas horas, el hombre caballeroso y galán, la hija que no abandona, el vendedor estrella, el hermano que siempre está al pie del cañón, la que siempre se cuida de no herir los sentimientos de sus lectores, el experto que siempre tiene la respuesta para no defraudar.

Vamos por ahí buscando el feedback, la aprobación, los nuevos seguidores en redes sociales, el elogio, el premio, la palmada en el hombro, el “Te Amo” a flor de labios, evitando la confrontación… en fin, cualquier cosa que nos recuerde “Qué buenos y amados niños somos”.

No hemos superado el miedo a quedarnos solos.
Seguimos creyendo que podemos morir si no nos aman.
Y nunca nos sentimos suficiente.

¿Una importante consecuencia de todo esto?

Que criamos hijos que perpetúan la historia.

“Si te comes toda la comida, te llevo al parque”.

“Dale un abrazo a la abuelita, pobrecita, no seas maluca”.

“Si eres un buen niño en la escuela, vamos al cine el fin de semana”.

“Préstale tu carrito al otro niño, no seas egoísta”.

Es decir, si tú haces lo que yo quiero, entonces te demuestro que te quiero. O la contraparte: si no haces lo que te digo eres un mal niño.

Aprendimos que en la ecuación, el amor se condiciona. Súmale a esto que necesitamos el amor para sobrevivir. Resultado: complacer a los demás para no morir.

¿La solución?

Tanto para sanar como adultos, como para apoyar a nuestros hijos, la única salida es mirarNOS. ExplorarNOS. Adueñarnos. Despertar.

¿Cómo?

Verás, el camino de despertar es uno que no se vive como receta tipo “Paso 1, Paso 2 y Paso 3”. Es un proceso, una fantástica aventura de expansión de consciencia. Es continuo y, a veces, parece intangible, amorfo, etéreo.

Sólo podemos apoyar a nuestros hijos a no crecer como “eternos niños buenos”, si nosotros hemos soltado nuestras historias infantiles. No hay escape.

Si no lo hacemos… consciente o subconscientemente, les heredaremos nuestros miedos y creencias.

Aquí te doy algunas ideas:

  • Reconocer que realmente, no recibimos amor de otros y que nadie puede herirnos. Que lo que hacemos es sentirnos amados o sentirnos heridos. Pero nadie puede transferirnos amor o dolor.

  • Alimentarnos de forma consistente (vital), de fuentes que nos inspiren, y no que nos mantengan en nuestra arena movediza de queja, complacencia, y sensación de no ser suficiente.

  • Estar presentes en nuestro ahora, viéndonos y explorándonos, atentos a los significados que le damos a las situaciones. Cada crisis es una oportunidad de expansión.

Y de forma especial en tu rol de padre:

Presta atención a tu dinámica con tus hijos…

  • ¿Estás condicionando tu amor al mostrar opciones en las que lo que tú quieres es lo que “te hace feliz” o lo que es “bueno” y lo que ellos quieren, no?

  • ¿Les dices con frecuencia a tus hijos lo mucho que te gustan como son, más allá de tu amor por ellos?

  • ¿Ofreces espacios genuinos y auténticos para que ellos decidan, escojan, opinen y asuman riesgos, sin criticar o juzgarles?

  • ¿Demuestras tu confianza en ellos y en sus decisiones?

  • ¿Permites sus estados emocionales sin forzar un cambio hacia tener que “sonreír”, “estar contentos”, “complacer a otros”, etc.?

Cuando despertemos a esta realidad espiritual –nunca mental– habrán realmente crecido los niños que fuimos. Desde ahí, podremos soltar nuestras historias infantiles y educar a nuestros hijos sin condicionar el amor.

Ten la certeza absoluta que sobrevivirás. Siempre. No necesitas el amor externo para hacerlo. Es grato, es delicioso, ¡es fabuloso ser amados! Pero no… no es necesario que los demás nos aprueben y amen para no sólo sobrevivir… sino vivir a plenitud.

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